CONQUISTA Y COLONIZACIÓN ESPAÑOLA
INTRODUCCIÓN.
Entre 1492 y 1550 se produjeron los descubrimientos y conquistas de la mayor
parte de América. Sorprende la rapidez de acción de los distintos
protagonistas de estos hechos, ya que rara vez ha aparecido en las páginas de
la historia un grupo de hombres tan audaces y con tanta ambición como los
conquistadores españoles. Más sorprendente es aún si tenemos en cuenta que
España tuvo tiempo de poblar el territorio y organizar el sistema político y
administrativo colonial, configurado sobre los dos Virreina-tos de México y Perú.
Sin
embargo, surge la pregunta de cómo logró la Corona española, ahogada económicamente
tras una guerra contra los musulmanes que había durado 700 años, financiar una
empresa de tal envergadura como la conquista y colonización de estos amplísimos
nuevos territorios. Realmente la respuesta es fácil: sin exponer ni un sólo
maravedí de las arcas del Estado. La Corona Española fue pionera en
desarrollar un sistema socioeconómico, ya empleado con anterioridad a la
conquista de América, que conocemos con el nombre de capitulaciones, de
descubrimiento en un primer momento, y de conquista posteriormente.
Sencillamente,
se ofrecían a unos particulares los derechos de un hipotético beneficio que
obtendrían con tales empresas (generalmente quitar a los indios todo aquello
que el español estimaba de valor: oro, perlas, piedras preciosas, etc.),
siempre que corrieran con todos los gastos de la organización, que los
territorios descubiertos o conquistados fuesen reclamados para la Corona y que
se reservasen las tasas y los impuestos reales correspondientes. De tal manera,
la Corona, sin riesgos ni desembolsos económicos, se encontró dueña y señora
de unas grandes extensiones territoriales en ultramar, aparte de un importante
caudal económico que iba a parar a sus arcas para hacer frente a las deudas
contraídas por las guerras de reconquista.
Las
capitulaciones se completaron luego con otra recompensa, la encomienda, creada
para el asentamiento de los guerreros en el territorio novohispano a costa de
los indios que habían conquistado. Resultó así que el descubrimiento, la
conquista y la colonización fue pagada por los indígenas americanos y con el
sudor y la sangre del pueblo español.
La
conquista española de gran parte de América enfrentó a dos sociedades, o
mejor dicho a dos formaciones socioculturales muy diferentes. Dado que la
finalidad era conseguir que los habitantes de las tierras exploradas
reconocieran la soberanía del Rey de España y se prestaran a la conversión a
la verdadera fe, y que la conquista se entiende como la acción bélica de
grupos organizados de españoles que proceden, para sus fines, a dominar por la
fuerza de las armas a las poblaciones aborígenes, es fácil imaginar la crudeza
del enfrentamiento entre ambas culturas.
La
conquista de las tierras americanas por parte de españoles y portugueses, que
trajo como consecuencia el contacto entre europeos e indígenas durante la
colonia, produjo la génesis de nuevos tipos de culturas; por una parte la de
criollos, mestizos, mulatos, etc., conformando lo que se ha dado en llamar como
«culturas nacional-latinoamericanas»; y por otra, la de los llamados «indios
modernos». Está fuera de duda que las culturas de estos «indios modernos»
contienen un gran número de elementos derivados del tiempo precolombino, pero
igualmente, y sin duda alguna, han aceptado e integrado tal cantidad de rasgos
hispano-coloniales que ya no cabe hablar de culturas prehispánicas.
La
historia de los indios durante la etapa colonial está en gran medida
determinada, oculta o abiertamente, por una doble lucha: por una parte, los
gobernantes trataron de integrar a los subyugados a su sistema social y económico,
el cual, en su forma específica de «cultura ibérica colonial», estaba basado
en el dominio sobre los indios y su explotación.
Contra
este sistema, que con ligeras modificaciones en la forma del «colonialismo
interno», ha durado hasta hoy día, los indígenas se opusieron activa y
pasivamente para preservar su propio sistema. Muchas veces los europeos no
comprendieron este fenómeno porque simplemente creían que su modelo era mejor,
sobre todo debido a sus ideas egocéntricas. Por otro lado, la suerte de los indígenas
estaba determinada por el continuo enfrentamiento entre las intenciones de la
Corona -por ejemplo la Corona española
vio a los indios como «vasallos libres y no sujetos a servidumbre»-
y la avaricia de los europeos en el
Nuevo Continente, cuyo único afán era el rápido y poco costoso
enriquecimiento.
De
una forma muy general se pueden distinguir tres períodos en el desarrollo del
sistema colonial americano:
A)
El tiempo de la Conquista y la temprana Colonia, hasta la consolidación
definitiva del dominio europeo en la segunda mitad del siglo XVI.
B)
La fase Colonial intermedia o de asentamiento pleno de los complejos sistemas
socioculturales, políticos, económicos, religiosos, etc., localizada en los
siglos XVII y la primera mitad del siglo XVIII.
C)
La Colonia tardía, a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, y que desde el
punto de vista de la historia cultural se enlaza con el desarrollo de los
estados nacionales.
ANTECEDENTES.
A la hora de hablar de los antecedentes de la conquista del territorio
ecuatoriano hay que mencionar primordialmente dos situaciones: primero el
descubrimiento del océano Pacífico, desde el istmo de Panamá, por Vasco Núñez
de Balboa, que puso inicio a la conquista de América del Sur; y segundo el
descubrimiento y conquista de Perú, el Tahuantinsuyu del que habían oído
hablar los conquistadores alentando su imaginación con grandes tesoros.
Vamos
a centrarnos, por su más directa relación con el tema que nos ocupa, en esta
segunda gesta, ya que la historia del descubrimiento y conquista de lo que ahora
es la República del Ecuador es la misma historia del descubrimiento y conquista
del Perú, al ser descubierta la tierra ecuatoriana por los españoles que en
busca del Perú vinieron con Pizarro a estos territorios del continente
sudamericano, y la conquista del Reino de Quito fue fraguada por Sebastián de
Belalcázar, adelantado de Francisco Pizarro, dentro de cuya gobernación
estaban incluidas las provincias que actualmente componen el Ecuador. Por ello,
también las fuentes de la Historia del Ecuador, en este período, son las
mismas que las de la Historia de Perú.
Tras
el descubrimiento del Pacífico, tanto el propio Núñez de Balboa como Pascual
de Andagoya comenzaron las primeras expediciones por el nuevo océano y sus
costas, llegando hasta las de Colombia, en donde recibieron noticias de la
existencia de un imperio poderoso allá en tierras distantes al Sur, a donde
para llegar era necesario atravesar largos caminos y poderosas sierras. Esto venía
a confirmar la información dada por un cacique del istmo panameño de que al
Sur había «un reino poderoso, con un terrible señor, en el que abundaban las
riquezas».
Balboa
intentó llevar a cabo la empresa del descubrimiento de estos territorios. Sin
embargo, la llegada de un nuevo Gobernador con órdenes de la Corona de
encausarle por las quejas que había contra él, entre las que se contaba la
muerte del desgraciado Nicuesa, le llevaron a un inicuo juicio y a una sentencia
de muerte por decapitación firmada por D. Pedro Arias de Avila (conocido por
los cronistas como Pedrarias Dávila), su suegro.
La
existencia de un rico imperio en las tierras del Mediodía era asunto de
ordinaria conversación entre los vecinos de la nueva ciudad de Panamá, aunque
no se pudiera indicar con certidumbre ni el punto donde se hallaba, ni la
distancia que separaba de la costa al anunciado imperio. Sin embargo, al poco
tiempo, este señorío empezó a tomar forma y nombre, era Perú.
Pedrarias,
deseoso de apuntarse los descubrimientos de aquellas nuevas costas, montó una
pequeña flota al mando del capitán Basurto, pero la muerte de éste cuando se
disponía a emprender la travesía frustró los planes del Gobernador.
Es
en estos momentos cuando Francisco Pizarro, que había servido a las órdenes de
Ojeda, colaboran con Balboa en la expedición que descubrió el Pacífico y
ocupado por el Gobernador de Panamá en ligeras expediciones militares (provisión
de víveres, captura de esclavos, etc.), entra en contacto con otro hidalgo,
como él de escasa fortuna, Diego de Almagro.
Ambos,
deseosos de lograr sus sueños de aventuras y riquezas que les llevaron al Nuevo
Mundo, y al no ser ya jóvenes ninguno de los dos, deciden buscar apoyo económico
para su empresa de conquista de Perú. Paralelamente, el Licenciado Espinosa,
fiscal en el juicio contra Balboa, deseaba invertir parte de su cuantiosa
fortuna en esta empresa, aunque de un modo secreto dado que se le podía creer cómplice
en una maquinación para deshacerse de Balboa y aprovecharse de sus
descubrimientos. Espinosa logró sus fines al contar con la ayuda de Hernando de
Luque, canónigo de la Catedral de la Antigua del Darién y entonces Vicario de
Panamá, que se presentó públicamente como socio de la empresa.
Una
vez puestos de acuerdo Luque (Espinosa), Almagro y Pizarro sobre el reparto de
ganancias y las aportaciones de cada uno de ellos (Espinosa aportó veinte mil
castellanos de oro, mientras que Pizarro y Almagro aportaban la totalidad de sus
bienes y sus vidas) y contando con la licencia del Gobernador, aprestaron un
buque que había pertenecido a Balboa, lo pertrecharon y en noviembre de 1524
Pizarro se hizo a la mar, rumbo al Sur, mientras Almagro se quedaba en Panamá
aparejando otro navío con el que seguir a su compañero.
Tras
varios días de lenta navegación llegaron al puerto de Piñas, último hito
reconocido por Andagoya. Posteriormente, y ante la carencia de víveres y agua,
arribaron a un punto costero, al que más tarde llamaron Puerto del Hambre, en
el que decidieron permanecer un grupo mientras Montenegro volvía a la isla de
las Perlas por vituallas. Pasadas seis semanas regresó éste, encontrando que
algunos compañeros habían muerto y el resto se hallaba demacrado y abatido,
habiéndose alimentado de raíces amargas, bayas y algunos mariscos.
Una
vez recuperados continuaron hacia el Sur hasta un punto que denominaron Pueblo
Quemado, donde encontraron gran resistencia indígena. Los compañeros de
Pizarro le pidieron regresar a Panamá y así se hizo, recalando en el Puerto de
Chicama, cerca de aquella ciudad.
Almagro,
que había partido poco después que Pizarro, avanzó hasta Pueblo Quemado
buscando a su compañero, y al no encontrarlo continuó hacia el Sur hasta un río
que llamaron de San Juan (Sur de Colombia), punto en el que decidieron regresar,
localizando a éste en Chicama, que no había podido entrar en Panamá por orden
del Gobernador, dada la carestía de alimentos hasta la recolección de los
maizales.
La
empresa cayó en descrédito y los tres socios encontraron problemas para contar
con recursos. Sin embargo ellos, firmes en sus pretensiones, firmaron el famoso
contrato (10 de marzo de 1526) por el cual juraron dividirse en partes iguales
el imperio cuya conquista tenían resuelta. La diligencia de Almagro logró
disponer un navío, algo cómodo, con 110 hombres, algunos caballos, pertrechos
de guerra y abundantes provisiones. Unióse a Pizarro en Chicama, continuando su
navegación hasta el río San Juan, donde determinaron hacer un alto para
restablecerse de la travesía. Dos leguas arriba del río localizaron un pueblo
cuyos habitantes habían huido asustados por los inesperados visitantes.
Entraron a saco en el pueblo y recogieron en varias piezas hasta quince mil
pesos en oro. Se decidió el regreso de Almagro a Panamá en demanda de nuevos
recursos, mientras que Pizarro aguardaba en este punto con dos canoas y la mayor
parte de la tripulación.
Bartolomé
Ruiz, un excelente piloto andaluz natural de Moguer, seguiría adelante con el
otro buque, explorando la costa hacia el Sur. De esta manera se convirtió en el
primer contingente español que navegó por las costas ecuatorianas, a comienzos
de 1526, cruzando la Línea Equinoccial hasta llegar a la altura de Jama, en la
provincia de Manabí.
Como
novedades sobresalientes de su viaje destacaremos el famoso encuentro con una
embarcación de marinos manabitas a la que ya hemos hecho referencia, la
esplendorosa aparición de la mole del Chimborazo, destacando sus nieves eternas
tras el verde telón de las selvas en una mañana despejada, y el espectáculo
de los pueblos indígenas con muchas casas, abundante oro y noticias concretas
sobre el Tahuantinsuyu
Al
mismo tiempo que Ruiz volvía de su exploración, llegaba también Almagro, que
había encontrado a su arribada a Panamá un nuevo gobernador, D. Pedro de los Ríos
que los retuvo durante un tiempo en puerto, aunque lograron salir y regresar
bien avituallados y trayendo consigo algunos auxiliares más para continuar la
empresa, lo que dio nuevos bríos a los abatidos compañeros de Pizarro.
Llegaron,
guiados por Ruiz, a la Bahía que llamaron de San Mateo, en la desembocadura del
río Esmeraldas. Parte por tierra y parte por mar continuaron su marcha los
conquistadores hasta el pueblo de Atacames, cuyas calles tiradas a cordel y
numerosa población sorprendieron a los españoles. También les asombraron los
extensos terrenos de cultivo, las vistosas sementeras de maíz y las
plantaciones de cacao.
Viendo
la gran cantidad de indios y sus escasas posibilidades de llevar a buen término
la empresa, resolvieron que Almagro regresara a Panamá en busca de la tropa y
pertrechos necesarios, mientras Pizarro quedaba con la mayor parte de su gente
aguardando, optando por la isla del Gallo para la espera. El descontento de gran
parte de los compañeros de éste hizo que llegase a manos del gobernador la
petición de enviar un navío que les llevase de vuelta a Panamá. Este accedió
y mandó a un oficial, llamado Tafur, a recogerlos y a dar por concluida
oficialmente la aventura. Pizarro, no cediendo ante las órdenes, trazó una línea
en tierra de oriente a occidente y señalando al Norte dijo: «Para allá
pobreza y deshonra; para acá (señalando al Mediodía) riquezas y gloria. El
que quiera participar de mi fortuna que me siga». Fueron los llamados «Trece
de la fama» los que traspasaron la línea, decidiendo pasar a la isla de la
Gorgona, más distante de la costa que la del Gallo, evitando las acometidas de
los indios.
Tras
muchos ruegos de Almagro y Luque el gobernador consintió que se mandara un
buque por los de la Gorgona, pero sólo con los aprestos necesarios para la
navegación y la orden de presentación de Pizarro en el plazo de seis meses.
Tras ocho meses de espera, al fin apareció el barco y en él, pilotado por
Bartolomé Ruiz, Pizarro traspasó la línea equinoccial, surcó las aguas del
golfo de Jambelí, avistó la isla de la Puná y poniéndose enfrente de Túmbez,
observó los claros indicios de riqueza y desarrollo que presentaba el imperio a
conquistar. En este viaje de exploración Pizarro, visitando las costas del Perú,
llegó hasta más allá de Santa, desde donde sus compañeros le obligaron a dar
la vuelta a Panamá.
La
existencia de un imperio rico, opulento y poderoso era indudable y únicamente
restaba no perder tiempo en acometer su conquista y colonización. Por esta razón
partió Pizarro a España, se presentó en Toledo ante el Emperador Carlos (I de
España y V de Alemania), le mostró los objetos que traía para atestiguar la
grandeza de los reinos que acababa de descubrir y obtuvo despachos y favores
para su empresa, son las Capitulaciones firmadas en Toledo para la conquista del
Perú. En ellas Francisco Pizarro recibía el título de Marqués y el dominio
sobre una extensión de tierras que conquistar igual al Ecuador y Perú juntos,
a la par que la expedición de conquista recibía una ayuda económica para sí
y, como veremos a continuación, otra aportación para la evangelización de los
nuevos territorios.
Una
de las primeras condiciones impuestas por el Emperador a Pizarro fue la de que
llevara sacerdotes y religiosos que se encargasen de la predicación del
Evangelio y conversión de los indios a la fe católica. En una cédula del año
1529 se designó al dominicano Fr. Reginaldo de Pedraza (que había acompañado
a Pizarro desde Panamá y estuvo presente en la audiencia que el Emperador otorgó
a éste) para que, acompañado de seis religiosos más de su misma Orden, pasase
a Perú. Por otras cédulas reales del mismo año se mandó dar a estos
religiosos lo necesario para vestuario, transporte hasta Panamá, ornamentos y
vasos sagrados que debían traer desde España, todo del tesoro de las cajas
reales, señalándose a los empleados de la Corona hasta la partida
presupuestaria concreta de donde debían salir estos gastos.
Renovando
otra vez en Panamá el primer contrato, por el cual se obligaban los socios a
dividir en tres partes iguales todo lo que se lograse de la conquista,
resolvieron que Pizarro se adelantara con tres naves, ciento ochenta hombres,
veintisiete caballos y las provisiones de alimentos y armas que se habían
conseguido hasta entonces; mientras tanto Almagro se disponía a seguirle,
llevando nuevos refuerzos. Arreglada así la partida, Pizarro salió de Panamá
a principios de enero de 1531 y, aunque se dirigió inmediatamente para Túmbez,
tomó puerto en la Bahía de San Mateo (Esmeraldas) a los trece días de
navegación, desembarcaron los caballos para que fuesen por la orilla del mar y
los navíos costeando, a fin de poder prestarse mutuamente auxilio ante
cualquier eventualidad. Entonces fue cuando por segunda vez hollaron los
conquistadores españoles la tierra ecuatoriana y cuando se inició de forma
definitiva el fin del imperio incaico.
LA CONQUISTA ESPAÑOLA DEL ECUADOR
GENERALIDADES.
Dos momentos son los destacables a la hora de hablar de la conquista del Ecuador
por los españoles. El primero de ellos, relacionado con la costa, se produce
con la marcha de Pizarro desde la bahía de San Mateo hacia Perú, y culmina con
la prisión y muerte de Atahuallpa y la toma del Tahuantinsuyu. El segundo,
serrano, se vincula a Belalcázar y la conquista del Reino de Quito. Con ello
queda el territorio, oficialmente, bajo el control de la Corona.
Partiendo
desde la bahía de San Mateo, los conquistadores siguieron rumbo al Sur en un
incómodo viaje, potenciado por la crecida de los esteros debida a las lluvias
de invierno.
La
primera población localizada fue Coaque, que saquearon, cogiendo mantas,
tejidos y piezas de oro y plata por un valor de veinte mil castellanos, así
como una gran cantidad de esmeraldas, de entre las que destacaba una, del tamaño
de un huevo de paloma, que fue adjudicada a Pizarro. Asimismo encontraron gran
cantidad de vituallas con las que reponerse de las penalidades del camino.
El
Curaca de Coaque fue encontrado en su vivienda, instándosele a que mandase
regresar a los pobladores para servir a los españoles, lo que hicieron, «pero
como los trataron muy duramente, al poco, casi todos volvieron a huirse a los
montes».
Con
el botín recogido, Pizarro acordó enviar dos navíos, uno a Panamá y otro a
Nicaragua, para estimular la codicia de los habitantes de estas colonias y hacer
que se uniesen a la empresa de la conquista. Entre la ida y vuelta de los barcos
transcurrieron siete meses que los españoles pasaron en esta población y su
entorno. Esto, unido a la dureza del clima, redujo el número de hombres y las
fuerzas de los que sobrevivieron.
Entre
los individuos que arribaron en estos navíos se encontraba Sebastián de Belalcázar,
o Sebastián Moyano, que era su verdadero nombre, pero que tomó el de su
población de origen al acceder al Nuevo Continente, y que tan célebre se haría
tiempo después en la conquista y pacificación primeramente del Reino de Quito
y posteriormente de Popayán.
Contando
con estos refuerzos continuaron marcha por la costa, atravesaron Esmeraldas y
Manabí con la intención de fundar un asentamiento hispano en la isla de la Puná,
frente a Túmbez, sometiendo, a su paso, todas las poblaciones que encontraban,
aunque en casi ninguna encontraron resistencia. El Curaca de la Bahía de Caráquez
les obsequió amistosamente y el del Pasao entregó a Pizarro una esmeralda muy
preciada por su tamaño, pidiendo la libertad de diecisiete indias que habían
capturado los españoles en otra población, aunque no consta en las fuentes si
éste accedió a la petición.
En
Caráquez, la Cacica de uno de los pueblos comarcanos recién enviudada, recibió
bien a los españoles, aunque intentaba atraerlos a una trampa para matarlos.
Estos, alertados por la presencia de individuos armados, llevaron a cabo un
ataque con caballos que terminó por desarmar a los indígenas, capturando a
varios «principales» que, a cambio de su libertad, prometieron no levantarse
en armas contra los españoles y castigar a quienes lo intentasen. Una vez
pacificada esta zona continuaron su marcha hasta llegar al golfo de Guayaquil,
donde descansaron antes de acceder a la isla de la Puná.
Antes
de proceder al traslado se presentó Tumbalá, Cacique principal de la isla,
acompañado de otros señores, ofreciendo su amistad a los españoles, así como
alojamiento en su isla, lo que éstos aceptaron. Los indígenas comenzaron a
aparejar unas balsas para el transporte de personas y enseres, lo que alertó a
los intérpretes de los españoles que advirtieron a Pizarro que los indígenas
tenían pensado cortar las cuerdas de las balsas para deshacerlas y ahogarles.
Tumbalá lo negó «con tal aire de honradez y de verdad» (según cuentan las
crónicas) que Pizarro se dio por satisfecho, aunque, para una mayor seguridad,
dispuso que junto a cada uno de los indios remeros fuera un español con la
espada desenvainada.
La
isla de la Puná estaba, según reflejan las crónicas, habitada por una raza
esforzada y belicosa, tenía varios pueblos y se hallaba gobernada por seis
caciques, supeditados al control de un Cacique principal, en este caso Tumbalá,
y con una población que ascendía, aproximadamente, a unos veinte mil
individuos. Contaban con bosques frondosos en diversos puntos de la isla y una
gran parte de ella se encontraba cultivada con grandes sementeras de maíz,
huertas de cacao y otras plantaciones, aunque su mayor riqueza se encontraba en
el comercio de la sal, con la que los isleños comerciaban tanto con distintos
puntos de la costa como del interior y de la sierra.
Los
indígenas de la Puná se encontraban subyugados bajo el poder del incario, lo
que no era de su agrado, manteniendo un estado de guerra latente con sus vecinos
de Túmbez.
Ante
esta situación Pizarro, que pensaba en esta última como la puerta del imperio
peruano, planeó granjearse su amistad a costa de los punáes, aunque sin cerrar
la posibilidad de contar con éstos en caso de tener que controlar a los
tumbecinos por la fuerza de las armas.
Comenzó
su plan arrebatando a sus anfitriones ropas, comida, mujeres y elementos de
adorno; más adelante liberó a 600 prisioneros que se encontraban en la Puná,
haciéndolos regresar a Túmbez. Asimismo colaboraron con incursiones de estos
últimos a la isla para arrasar los sembrados y quemar los bosques.
Los
indios intentaron varias veces emboscar a los españoles, aunque sin resultado
ninguno, salvo la captura de Tumbalá y otros diecisiete señores que estaban
reunidos preparando la guerra a los españoles. Pizarro puso en manos de los
tumbecinos a estos señores locales que fueron decapitados, mientras que conservó
la vida a Tumbalá, aunque quedó hecho prisionero.
Todo
ello provocó el estallido de la guerra entre los punáes y los españoles.
Combate desigual en el que los indígenas lo tenían todo perdido, pese a lo
cual su resistencia es digna de resaltar.
Durante
veinte días los españoles estuvieron batallando en dos frentes: uno en el
campamento de tierra y otro en el mar, donde tenían que defender los navíos de
los intentos de hundimiento por parte de conjuntos de balsas. Paralelamente se
iban quemando las sementeras y las familias abandonaban la isla.
En
un intento de dominar una situación comprometida, Pizarro liberó a Tumbalá
esperando calmar a los isleños. Sin embargo nada consiguió, y la situación se
habría vuelto trágica de no haber aparecido en estos momentos Hernando de
Soto, que ha pasado a los anales históricos como descubridor del río
Mississippi y conquistador de la Florida, amigo de Pizarro y Almagro, llegado
desde Nicaragua con refuerzos para ayudar a éstos en su empresa, atraído por
las noticias que de la maravillosa riqueza del Perú habían llegado hasta allá.
A
partir de estos momentos Pizarro no pensó más que en salir de la Puná, donde
llevaban más de seis meses, y en la que habían recogido puntuales noticias de
la riqueza, condiciones, recursos del imperio, así como del estado de guerra
civil en que se encontraba el incario. Además, la resistencia indígena que iba
mermando el aguante de los españoles, las enfermedades que habían proliferado
entre la tropa y el escaso botín habían sembrado el desaliento. Por ello dio
órdenes para aprestar las balsas de los indios y los navíos que había
fondeados y poner rumbo a Túmbez, donde tan buena acogida tuvieron en su primer
viaje y en donde esperaban encontrar fieles aliados.
En
seis meses que estuvieron los españoles en la Puná la isla pasó de ser un
territorio floreciente y densamente habitado a ser un terreno asolado y yermo, y
con una población ampliamente diezmada.
Entre
la Puná y Túmbez mediaban unas doce leguas que, en las balsas de los indios,
se recorrían en dos días, aprovechando los reflujos de las mareas. En las
balsas acomodaron toda la impedimenta y pusieron a los enfermos, mientras que
los caballos y la demás gente debían trasladarse en los navíos. De esta
manera abandonaron los españoles el territorio ecuatoriano y se cierra la
primera fase de conquista, aunque no de asentamiento, puesto que aunque en él
habitaron durante bastante tiempo, no fundaron ninguna colonia estable.
La
segunda fase, y definitiva, de la conquista del Ecuador se produce tras la caída
del Tahuantinsuyu y una vez muerto Atahuallpa a manos de los españoles,
teniendo como su principal representante a Sebastián de Belalcázar.
Pizarro,
poco antes del asesinato de Atahuallpa, encomendó a Belalcázar, hombre de su
entera confianza, ir hasta San Miguel (Piura), donde había un campamento de los
españoles en el que se encontraban los enfermos y heridos, pese a que
pomposamente Pizarro y las crónicas hablen de él como de una «colonia», lo
que indicaría la existencia de un asentamiento estable, que no será tal hasta
tiempo más tarde, y no en el mismo lugar en el que en un primer momento se
asentó.
En
San Miguel, que se tenía como entrada para las recién descubiertas provincias
de Perú, Belalcázar tenía como misión organizar la vida de la colonia,
controlar su desarrollo y el estado de sus moradores y vigilar por los intereses
de Pizarro, estorbando la llegada de aventureros, que atraídos por los tesoros
de Perú llegaban para internarse en el país y hacer descubrimientos por su
propia cuenta, sin subordinación a la autoridad que le había conferido el
Emperador. Tras su salida de Cajamarca, Belalcázar se encontraba ya, en
noviembre de 1533, ejerciendo el cargo que Pizarro le había encomendado.
Estando
en este puesto le llegaron noticias de la expedición organizada por otro
insigne conquistador, Pedro de Alvarado, en esos momentos Adelantado de
Guatemala, y cuyo destino era el Reino de Quito.
Alvarado
en un primer momento, como así se lo comunicó al Emperador, tenía la intención
de encontrar las islas de la Especiería, pasando por el Estrecho de Magallanes,
poblando todos aquellos territorios y tomándolos bajo el control de la Corona.
Hay que tener presente que no era un conquistador como los otros, que iba a un
punto fijo, a un territorio dado; su propósito era descubrir, lo que
encontrara, teniendo como única limitación el no hacerlo en tierras ya dadas a
otros conquistadores. De esta manera se comprenderá lo voluble de su ruta,
sometida no sólo a las variaciones de su propio ánimo, sino del de sus compañeros
y de los accidentes del viaje.
De
hecho, sus propósitos hasta el 18 de enero de 1534, según carta suya al Rey,
eran «desde los XIII hasta los XX grados (...) descobrir todos los secretos
deste ollar (de esta orilla) y las Islas de Tierra Firme; y donde más convenga
conquistar y poblar (...) que demás de lo preferido, imbiare dos naos para este
efecto, echar a navegar e calar el Estrecho [de Magallanes], para por este
derrotero, pues las cosas desta parte y de aca, tengan ordinarias relaciones».
Sin embargo, tras unirse al grupo expedicionario en ciernes el piloto Juan Fernández,
ex-socio de Belalcázar, e informar que se tenían noticias suficientes para
asegurar que «en el Quito» había grandes riquezas, y que aquella provincia no
estaba ocupada por Pizarro, pues estas tierras no caían en la demarcación para
él realizada por la Corona, Alvarado decidió cambiar el rumbo de la expedición
y dirigirla hacia estas regiones, apoyándose además en la idea de que de esta
manera ayudaría a Pizarro y Almagro en el control de tan extensos territorios.
La partida de la expedición se verificó el día 23 de enero de 1534, navegó
con tranquilidad hasta el 25 de febrero momento en el que, llegando a las costas
ecuatorianas, tropezó con las dificultades que a la navegación pone la
corriente antártica, con la que luchó durante tres días, con dirección al
Sur, hasta que arribó en la Bahía de Caráquez.
Paralelamente
Belalcázar, sabedor de la expedición de Alvarado, reunió un grupo de unos
doscientos hombres y unos setenta caballos y, sin esperar órdenes de Pizarro,
acometió la empresa de conquistar el Reino de Quito, que caía dentro de los límites
del gobierno señalados por la Corona a Pizarro, pero que una vez conquistado
podría abrir el campo para nuevas empresas de descubrimientos y conquistas.
Sobre la fecha de su salida hay dudas, pues algunos investigadores, como González
Suárez la colocan a fines de 1533, mientras que otros, como Jiménez de la
Espada, lo hacen en abril de 1534. Nosotros, al igual que Jijón y Caamaño,
pensamos que ésta debió concretarse en los últimos días de febrero de 1534,
ya que Pizarro creía que llegaría a Quito antes que Alvarado que, como hemos
visto, por estas fechas se encontraba en la Bahía de Caráquez.
Belalcázar
hizo uso de una excusa, aparte del hecho de la expedición de Alvarado, para
iniciar su propia empresa de conquista: grupos indígenas cañaris, enemigos de
Atahuallpa y, por tanto, relacionados con Huáscar, solicitaron de los españoles
la ayuda necesaria para controlar a Rumiñahui (Ati II Pillahuaso) que se había
hecho fuerte en el interior.
Sin
embargo, y antes de continuar con la relación de la conquista de estos
territorios, vamos a hacer mención del estado en que se encuentran los señores
serranos, relacionados con Atahuallpa, a la muerte de éste. Rumiñahui, natural
de Quito y también hijo de Huayna Cápac, se encontraba en Cajamarca cuando
llegaron los españoles y estuvo presente en la embajada que llevó a
Atahuallpa, Hernando Pizarro en nombre de su hermano. Tras conocer la noticia de
la captura de su hermano Atahuallpa, Rumiñahui emprende una marcha apresurada
hacia Quito, alzándose con el mando en previsión del funesto fin que aguardaba
a su soberano. Organizó la defensa del territorio, animando a la guerra a los
abatidos quiteños que habían quedado, tras la salida de Atahuallpa en la
guerra contra su hermano, gobernados por un tío suyo, Cozopangui, que también
tutelaba a los hijos de Atahuallpa.
Tanto
Cozopangui como Quilliscacha, hermano menor de Atahuallpa, son depuestos, haciéndose
Rumiñahui con el control de hombres y tierras. Quilliscacha marcha hacia
Cajamarca con gran cantidad de objetos de oro y plata para el rescate de su
hermano, sacados la mayor parte de los tesoros y la vajilla real. Llega hasta la
ciudad, pero no tiene valor para ver a su hermano en prisión, por lo que inicia
rápidamente el regreso a Quito. Poco después de su llegada a la ciudad le
llega la noticia de la muerte de Atahuallpa, y sabedor del deseo de su hermano
de ser enterrado en el sepulcro común de los Scyris, sus antepasados, tomó las
medidas oportunas para rescatar su cadáver de donde lo habían enterrado los
españoles y llevarlo a Quito.
El
cadáver de Atahuallpa llegó a Liribamba, capital de la provincia de los Puruháes,
grupo que habitaba lo que es ahora la provincia del Chimborazo. Esta nación era
totalmente adicta a Atahuallpa y su familia, porque en ella se juntaba la sangre
real de los Duchicelas (señores de aquella etnia) con la de los Scyris (señores
de Quito). Hasta allí salió a recibir el regio cadáver Rumiñahui, con todo
su ejército y la familia real. Se celebraron los funerales con toda la pompa y
boato exigidos por la ocasión y se camufló totalmente la zona del
enterramiento para que no pudiese ser encontrada.
Tras
unos días de duelo en los que se celebraron gran cantidad de ceremonias fúnebres,
se acometieron los preparativos para la guerra que se avecinaba contra los
conquistadores españoles. Se forjaban nuevas armas y se aprestaban las
antiguas, mientras que los sacerdotes consultaban los oráculos y con grandes
sacrificios de sangre conjuraban a sus dioses. Así prevenidos estaban los indígenas
cuando Belalcázar apareció en los límites del reino, en su carrera con
Alvarado por la conquista.
LA
EXPEDICIÓN DE
BELALCÁZAR. Como ya quedó dicho, Belalcázar sale de San Miguel a
finales de febrero de 1534. La primera etapa del viaje les llevó hasta
Carrochabamba, donde fueron bien recibidos; continuaron viaje a través de
despoblados, remontaron una zona de la cordillera, yendo a dar con el camino
real de los Incas, en la provincia de Loja, habitada por las pacíficas tribus
de los Paltas. De ahí, teniendo noticias de que cerca se encontraba el
territorio de los Cañaris, Belalcázar se adelantó con treinta caballos,
dejando al resto de la tropa bajo el mando del Capitán Pacheco. Allí se
encontraba Chiquitinta, uno de los generales de Rumiñahui, con la intención de
obstaculizar el paso a los españoles. Sin embargo, asombrosamente, a la llegada
de éstos huyó hacia las tierras del Chimborazo, donde se encontraba Rumiñahui
con el grueso del ejército. La fuga de la avanzadilla quiteña dejó a los españoles
abierto el camino a Tomebamba, donde fueron recibidos y agasajados por Chaparra,
uno de los principales caciques cañaris, quedando el ejército aposentado en
este lugar durante ocho días.
La
nación Cañari, compuesta por diversas tribus que habitaban la hermosa
provincia de Azuay, no sólo no se opuso a los castellanos, sino que les apoyó
en sus intereses, recibiéndolos en paz, sirviéndoles de guías en los caminos
desconocidos para los españoles; de hecho se dice que Chaparra obsequió a
Belalcázar con un plano de las provincias de Quito para que le sirviera de guía
en su campaña de conquista, y unió su ejército al de los españoles para
vencer a sus enemigos, a cuyo frente se alzaba Rumiñahui. Hemos de recordar que
la etnia cañari era de la total confianza del Inca del Cuzco, que apoyó a Huáscar
y que por esa razón fue duramente castigada por Atahuallpa en su periplo
conquistador.
De
hecho, según reflejan las crónicas, los cañaris al tener constancia de que
Rumiñahui preparaba un poderoso ejército para hacer frente a los
conquistadores, temerosos de la suerte que podrían correr caso de sucederse la
victoria de los quiteños, mandaron emisarios a San Miguel pidiendo a Belalcázar
que fuese en su auxilio y ofreciéndole su alianza para la conquista del
territorio. Este, contando con las gentes que habían llegado desde Nicaragua y
Panamá y con los ejércitos cañaris, aceleró su salida de San Miguel.
Los
cañaris guiaron a los de Belalcázar hasta Azuay, pasaron el nudo de la
Cordillera y se asentaron en el valle de Alausí, frente a frente con las
avanzadas de los ejércitos de Rumiñahui, que había mandado abrir profundos
agujeros con aguzadas estacas en su suelo y sutilmente camuflados en los
desfiladeros de la cordillera, allí por donde
debían pasar los españoles. Sin embargo, los cañaris descubrieron la
celada, por lo que Belalcázar determinó levantar el campamento durante la
noche y pasar hasta las llanuras de Tiocajas.
Aquí
tuvieron ambos ejércitos un primer enfrentamiento, en el que murieron unos
setecientos indios por parte de los quiteños y más de cuatrocientos por parte
de los cañaris, así como cuatro jinetes españoles con sus caballos, contando
también con una gran cantidad de heridos por parte de los conquistadores. La
situación militar era la misma que antes del choque, pero ni los indios se
atrevían a atacar con tanta vehemencia, ni los españoles se sentían tan
seguros de su victoria gracias a la supremacía de sus armas que se veían
abrumadas ante la avalancha de guerreros indígenas.
Estando
en esta tesitura, un español llamado Juan Camacho dijo que un indio que con él
iba conocía un camino para salir del lugar donde se encontraban, llevándoles
hasta Riobamba. Así, nuevamente durante la noche los españoles parten del
campamento burlando la vigilancia de los quiteños. Estos, al percatarse de la
marcha de los españoles, les persiguen, siendo localizados cerca de Riobamba
por una avanzadilla del ejército (recordemos que el ejército de Rumiñahui era
muy numeroso y, por tanto, se movía con lentitud) que asalta a la retaguardia
hispana compuesta por unos treinta jinetes, a los que Belalcázar tiene que
enviar ayuda para contrarrestar el impulso indígena. En esta situación se llegó
hasta la noche, retirándose los quiteños y velando toda la noche los españoles.
Una
nueva emboscada había sido preparada por Rumiñahui en esta zona, pero Belalcázar
y los suyos pudieron librarse gracias a la ayuda de un quiteño llamado Mayu al
que Rumiñahui había convertido en eunuco y que en venganza comunicó a los
españoles como, sabedores del mejor manejo hispano de la caballería en el
llano, Rumiñahui había jalonado de nuevos huecos con estacas todo el llano que
frente a ellos se abría, y al que los ejércitos quiteños tenían la intención
de desplazar. Belalcázar, gracias a esta información, se separó del camino y
marchó por un estrecho collado muy dificultoso para hombres y animales, pero
que dio con ellos en Riobamba. Mientras tanto se produjeron un sinfín de pequeñas
refriegas que fueron minando la resistencia de ambos ejércitos, aun cuando los
españoles pudieron descansar en torno a los diecisiete días ya que encontraron
abundancia de comida y agua, así como algo de oro.
Sin
embargo, nuevamente la fortuna se alió con los españoles ya que la erupción
de un volcán (los investigadores no se ponen de acuerdo sobre si fue el
Cotopaxi o el Tungurahua, aunque es posible que esto no sea más que un elemento
de ficción narrativa), cuando ambos ejércitos se encontraban enfrentados,
sembró entre los indígenas el desconcierto haciendo que amainase el creciente
bloqueo a los españoles (los cuales por otra parte también debieron sufrir una
fuerte impresión, aunque las crónicas sólo dicen que este espectáculo les
llenó de asombro).
Tras
estos días de descanso en Riobamba, Belalcázar partió con dirección a Quito,
dejando como custodia de la ciudad treinta hombres al mando del capitán Ruiz Díaz
Rojas. Sin embargo, al poco hubo de regresar en auxilio de éstos ya que los
quiteños, viendo su escaso número trataron de asaltar la ciudad y matarlos. La
llegada de éste los desconcertó y los hizo retirarse con lo que los españoles
pudieron continuar con su marcha.
Esta
continuó siendo muy penosa dadas las continuas escaramuzas de los indígenas,
algunas de ellas de entidad, como es el caso de Ambato «en el río de Panzaleo,
antes de Latacunga» y en Uyumbicho, donde los indígenas se fortificaron
creando una gran resistencia a los españoles. Éstos llegaron finalmente a la
ciudad de Quito, llenándoles de desaliento ver como ésta había sido, en gran
parte, reducida a cenizas.
Rumiñahui,
viéndose vencido en Tiocajas y Riobamba, marchó aceleradamente hacia Quito con
el ánimo de ocultar los tesoros que había en la ciudad y destruir de ella lo
que pudiese. Asimismo, dio muerte a las vírgenes dedicadas al Sol y a gran
cantidad de miembros de la familia real, entre los que se cuentan mujeres e
hijos de Atahuallpa, así como a Quilliscacha, también hermano del anterior, al
que después de muerto sacó los huesos mandando confeccionar con el resto un
tambor, de tal manera que la piel del tórax y estómago era la parte superior
de éste, la de la espalda la base y cabeza, piernas y brazos colgaban del
cuerpo del tambor, para escarmiento de aquellos que se opusiesen a sus
decisiones. Todo esto ocurría a mediados del año de 1534. La defensa de Quito,
tras la toma de Riobamba, es realizada por los Panzaleo: Zopazopangui, cacique
de la región al Norte de Ambato y Muliambato; Tucomango, señor de Latacunga;
Quingalumba, jefe de los Chillos, y el propio Rumiñahui. Esta actitud contrasta
con la aparente indolencia de los Caranquis. De hecho, Rumiñahui pretende el
trono de Atahuallpa, por ello mata al hermano de éste junto a algunas de sus
esposas y captura a sus hijos. Ante esta situación, Jijón se pregunta,
acertadamente, si acaso Rumiñahui no sería hijo de Huayna Cápac y de una hija
del Ati Panzaleo, como Atahuallpa lo era de una heredera del Ango de Caranqui.
Belalcázar,
tras descansar en la ciudad unos días, continuó hacia el Norte en persecución
de Rumiñahui, que se había aposentado en Yumbos, aunque marchó de allá
cuando Belalcázar envió al capitán Pacheco con «cuarenta infantes de espada
y rodela». Rumiñahui sigue rehuyendo el combate, apoyado por la información
que recibe desde el interior de la ciudad. Mientras tanto prepara un asalto a la
ciudad contando con los señores arriba mencionados.
Este
ataque a la ciudad estuvo precedido de un juego de estrategias ya que Belalcázar,
sabedor de que Rumiñahui era informado de todo lo que pasaba en la ciudad, mandó
realizar una maniobra de distracción
a gran parte del ejército, dando la impresión de dejar una pequeña guarnición
en la ciudad. Rumiñahui, al recibir la noticia, reunió a sus allegados y atacó
la ciudad entrada la tarde, que se encontraba defendida en primera instancia por
los cañaris, mientras que la caballería española se mantuvo a la espectativa,
no saliendo de sus escondites hasta el alba, momento en que viendo el terreno
acabaron por desbaratar el ataque, por otro lado ya controlado y superado por
los cañaris. Rumiñahui volvió a tomar el camino hacia la cordillera oriental,
dejando atrás gran cantidad de joyas de oro y plata, así como de mujeres de
alto rango.
Durante
varios días los españoles recorrieron la región en busca de los codiciados «tesoros
del Inca» que, según se decía, Rumiñahui había mandado esconder. Se
dirigieron al Norte, por los pueblos que había en las faldas de la Cordillera
Oriental, encontrando resistencia en Quinche, en donde mandaron degollar a la
población, como escarmiento, por haber encontrado sólo mujeres y niños. De
aquí pasaron a Cayambe y Caranqui, en donde también recogieron algo de oro,
pero insuficiente para satisfacer su codicia.
Belalcázar
debía encontrarse en Caranqui cuando recibió la orden de Almagro de volver rápidamente
a Quito, para junto con él, impedir a Alvarado, que ya había desembarcado en
Manabí, que ocupara esas provincias.
Almagro
recibió el encargo de Pizarro de marchar hacia Quito cuando se encontraba en
Vilcas persiguiendo a Quizquiz, uno de los más valerosos generales de
Atahuallpa, tras derrotarle días antes en el Cuzco, y bajar éste hacia Jauja,
donde sabía que había pocos españoles, con Riquelme a la cabeza, custodiando
los tesoros que aún no habían sido repartidos. Los españoles se defendieron
con bravura y Quizquiz siguió su marcha hasta refugiarse en Huancabamba.
Una
vez llegado a Jauja, Almagro partió hacia San Miguel de Piura en donde reunió
alguna gente y marchó hacia Quito. En Riobamba tuvo que combatir contra un
pequeño ejército, pero lo venció sin mucha dificultad y, finalmente, llegó a
Quito desde donde mandó las ya citadas órdenes a Belalcázar.
Cuando
éste llegó a Quito, Almagro le reconvino por marchar hacia estas tierras sin
contar con el permiso de Pizarro, lo que provocó una fuerte discusión que se
zanjó tanto por la prudencia de Almagro, como por la necesidad de hacer causa
común ante el avance de Alvarado. De mutuo acuerdo decidieron retroceder hasta
Riobamba donde mejor podrían oponerse a éste. A esta población llegaron en
los primeros días de agosto de 1534.
Almagro
tuvo en Chambo un enfrentamiento con un importante contingente indígena al que
logró reducir capturando, entre otros, a su cacique principal el cual, tratado
sagazmente por Almagro, se sometió a los españoles de buena gana, indicándoles
cómo podrían vencer a Rumiñahui. Cuando los conquistadores se disponían a ir
tras él, llegaron unos indios a dar aviso al cacique de Chambo, y con ello a
los españoles, que otro grupo de extranjeros, también blancos y barbados, habían
asomado por las alturas de la provincia de Ambato y andaban persiguiendo a sus
moradores. Se trataba del ejército de Alvarado.
Escogió
Almagro a un hombre de su confianza, Lope de Idíaquez y le mandó con ocho de a
caballo en busca de este contingente de españoles. Éste se dirigió al Norte,
y en la comarca de Mocha fue sorprendido por la avanzadilla de Alvarado. Los de
Almagro fueron apresados y llevados ante el Adelantado de Guatemala del que
recibieron un excelente trato, devolviéndoseles la libertad y sus armas y
declarando que había venido para apoderarse del Cuzco, el cual no le pertenecía
a Pizarro por estar fuera de los límites de la Gobernación que le había
asignado el Emperador.
Almagro
y Belalcázar resolvieron hacer requerimientos de paz a Alvarado y, para hacer
valer sus derechos, fundar inmediatamente una ciudad, lo que se verificó el día
15 de agosto de 1534 con la fundación de la ciudad de Santiago de Quito, en una
llanura a poca distancia del lago de Colta. Se constituyó el Ayuntamiento,
nombrando Almagro al Alcalde y demás regidores. Esta fue la primera población
española que se realizó en territorio de la actual República del Ecuador de
mano del Mariscal Don Diego de Almagro, en nombre y con autorización del Marqués
Don Francisco Pizarro, Gobernador del Perú.
LA
EXPEDICIÓN DE ALVARADO.
Como ya quedó dicho, Pedro de Alvarado parte del puerto de la Posesión el día
23 de enero de 1534, arribando a tierras ecuatorianas el 28 de febrero del mismo
año, en la Bahía de Caráquez. Los navíos con los que contaba Alvarado eran:
un galeón de trescientas toneladas llamado San Cristóbal, uno de ciento
setenta llamado Santa Clara y otro de ciento cincuenta el San Buenaventura, una
nao de ciento cincuenta toneladas, una carabela de sesenta, un patache de
cincuenta y otras dos carabelas más pequeñas. En ellos embarcaron quinientos
soldados bien armados, doscientos veintisiete caballos y un importante número
de indios auxiliares o de servicio. A media navegación, debido a una fuerte
tormenta, hubieron de echar al mar unos noventa caballos con el fin de aligerar
las embarcaciones, lo que les supuso el primer contratiempo de la expedición.
Al
tomar tierra tuvieron noticias, por boca de algunos indios que capturaron, que
hacía unos veinte días había pasado por allí «un tal Fernán Ponce, con muy
mal viaje porque se le murieron todos sus caballos». Suponemos que este
expedicionario era Hernando Ponce de León, compañero de Gabriel de Rojas,
castellanos distinguidos en el cerco del Cuzco.
Tras
descansar unos días en la Bahía de Caráquez se inició la marcha hacia Quito,
aunque antes nombró a varios cargos de su ejército: Maese de Campo a Diego de
Alvarado; Capitanes de Caballería a Gómez de Alvarado, Luis Moscoso y Alonso
Enríquez de Guzmán; de Infantería a Benavides y Lezcano; y por Justicia Mayor
al Licenciado Caldera.
El
piloto Juan Fernández se encargaría de reconocer la costa, tomando posesión
de todos los puertos por Alvarado y en nombre del Emperador, mientras que él
mismo, con un grupo de a caballo pasó a reconocer el puerto de Manta. De esta
manera inició su expedición.
Alvarado,
sin embargo, no llevaba sólo un ejército, sino que «acarreaba» con una
verdadera población compuesta de soldados, mujeres, esclavos negros y gran
cantidad de indios, traídos en gran parte de Guatemala, a los que se unían los
que iba capturando en las costas de Manabí. Su destino era Quito, atraídos por
la fama de sus riquezas, pero sin seguir una ruta fija, sin un rumbo conocido,
así es que, aun siendo corta la distancia que hay entre Quito y la provincia de
Manabí, Alvarado tardó unos cinco meses en salir de los bosques del litoral a
los llanos interandinos del Ecuador.
A
dos jornadas de su partida llegaron a una población que denominaron de la
Ramada, de ahí continuaron hasta Jipijapa donde obtuvieron un buen botín de
joyas y adornos de oro, así como de esmeraldas. A esta población le dieron el
nombre de El Oro. La tercera población la llamaron las Golondrinas, «por el número
de ellas que vieron», lugar éste en el que se fugaron los guías, lo que les
puso en un aprieto. El capitán Moscoso salió de avanzada y llegó hasta
Chonana, donde encontraron alimentos y capturaron algunos indios para que
hiciesen de guías.
Estando
en esta situación, Alvarado envió a su hermano Gómez a que, con tropa de pie
y a caballo, fuera al Norte en busca de nuevas rutas, mientras que Benavides
realizaba la misma labor por Levante. Uno de los exploradores localizó el río
Daule, y por él fueron a salir a la zona de Guayas, y descendiendo en balsa por
éste llegaron hasta Guayaquil.
Nuevamente
volvieron a subir por el Daule con dirección Norte, perdiéndose en lo
intrincado de la selva tropical, en la que padecieron hambre, sed, cansancio y,
esporádicamente, ataques de indios que les salían al paso al acercarse a sus
poblaciones o rancherías. El ambiente hostil y las distintas carencias hicieron
que en la expedición cundiese el desánimo, sobre todo cuando tenían que
esperar días y días en parajes inhóspitos la llegada de las avanzadillas que
buscaban caminos para salir de esta «mala tierra». En estas circunstancias se
encontraban cuando, según las crónicas, se produjo la erupción del volcán
(ya hemos dicho que no está claro si ésta se produjo, y que de haberse
producido, fuese debida al Cotopaxi o al Tungurahua), cubriendo con tierra y
ceniza árboles y suelo, por lo que, por ejemplo, para dar de comer a los
caballos había que escarbar para localizar la hierba e incluso lavarla para que
pudiese ser consumida.
Días
más tarde, el Capitán Diego García de Alvarado, que iba de avanzadilla, mandó
a su hermano la noticia de haber encontrado buena tierra, junto con 25 llamas de
un rebaño con las que paliar el hambre de los expedicionarios. Habían llegado
a uno de los repechos occidentales de la cadena occidental andina, pero, para
llegar a las llanuras y valles interandinos donde estaban las grandes
poblaciones indígenas, todavía les faltaba ascender a las cimas y páramos,
para posteriormente bajar nuevamente al poblado callejón interandino.
Al
pasar la expedición por las grandes alturas de la cordillera, las encontraron
llenas de nieve, caída durante los meses de junio y julio, siendo en agosto
cuando pasaron los de Alvarado. La niebla densa, el frío intenso en algunos
momentos, la falta de alimentos y otras penalidades habían menguado la
resistencia de los expedicionarios. Los españoles, más robustos y mejor
vestidos, resistían mejor el frío y el hambre, pero los indios, apenas mal
cubiertos, sin abrigo y cansados, morían ante tan dura prueba.
El
resultado final de este esfuerzo fue la muerte de quince castellanos, seis
mujeres, varios negros y muchos indios, en el paso de la cordillera, que los
españoles llamaron los Puertos Nevados.
Los
indios de la zona, convenientemente avisados de la llegada de este grupo de
invasores, les salieron al paso armados y lograron matar a un español y quebrar
el ojo a otro. Desmoralizados llegaron al pueblo de Pasa y de allí pasaron al
de Quisapincha, en la zona de Ambato. Allí pasó Alvarado revista a sus tropas,
constatando la muerte de ochenta y cinco castellanos y gran parte de los
caballos, teniendo gran cantidad de enfermos y un cierto número que habían
quedado ciegos después del paso de la cordillera, debido a la refracción de la
nieve.
Tras
varios días de descanso en las altiplanicies de Ambato, bajan de Quisapincha y
encuentran el gran camino del Inca, así como huellas de caballo. Estas han sido
dejadas por los hombres de Almagro y Belalcázar en su camino desde Quito hasta
Riobamba. Poco después se producirá el primer contacto, tras la captura y
posterior liberación de Lope de Idíaquez, ya relatada.
LA
RESOLUCIÓN DEL
CONFLICTO. Alvarado, tras liberar al citado Lope de Idíaquez, manda con
éste una carta a Pizarro y Almagro en la que, con términos muy discretos,
protesta por la mala interpretación de sus intenciones ya que éstas eran
conquistar las tierras que cayesen fuera de la gobernación asignada a Pizarro.
Almagro,
conocidas las intenciones expresadas por Alvarado, y tras consultar con Belalcázar,
el presbítero Bartolomé de Segovia, Ruiz Díaz y Diego de Agüero y otros de
los suyos, mandó a estos tres últimos citados con un mensaje para Alvarado en
el que, aparte de loar su condición de buen caballero, por lo que creía
fielmente en lo expresado en su carta, le informaba que aquellas tierras eran de
la jurisdicción de la Gobernación de Pizarro y que el mismo Almagro aguardaba
por momentos sus despachos para gobernar las tierras que caían al Este, fuera
de los territorios señalados a su compañero.
Los
mensajeros encontraron a Alvarado camino de Riobamba, el cual mandó recado de
que daría su contestación con propios mensajeros puesto que tenía que pensar
sobre lo que se le comunicaba. Una vez llegado a Mocha envió a Martín Estete
para pedir a Almagro que le proveyese de intérpretes y le asegurase el camino,
porque quería descubrir y pacificar las tierras que estuviesen fuera de la
Gobernación de Pizarro.
La
contestación fue negativa, aduciendo Almagro que
debido al paso de un ejército tan numeroso por tierras recién
pacificadas, habría unas grandes carencias de alimentos y otros «bastimentos»
que no podrían ser subsanados, y que no acarrearían más que problemas que se
sumarían a los ya existentes por la reciente conquista.
Mientras
tanto, se está produciendo entre los mandos de ambos ejércitos un intento de
ganarse la fidelidad del contrario. De esta manera Felipillo, intérprete de
Almagro, se pasa al bando de Alvarado, informándoles de las medidas defensivas
tomadas, el número de armas con las que contaban, e incluso apunta el plan de
quemar el terreno en torno a Almagro para obligarles a salir de su
atrincheramiento. Por su parte Antonio Picado, secretario de Alvarado, se pasa a
los almagristas, refiriendo no sólo la situación de las tropas contrarias,
sino también los informes e ideas que Felipillo había hecho valer ante
Alvarado.
La
fuga de su secretario terminó de decidir al Adelantado a atacar a Almagro. Con
el estandarte real desplegado y en actitud guerrera, con cuatrocientos hombres
bien armados, marchó hacia Riobamba. Almagro dispuso que Cristóbal de Ayala,
Regidor de la recién fundada ciudad, junto con el escribano, saliesen al
encuentro de Alvarado solicitando depusiese su actitud. Este, sin darse por
aludido, exigió la entrega de Antonio Picado puesto que era su criado. Almagro,
no cediendo, respondió que Picado era libre y que nadie podía obligarle contra
su voluntad.
Alvarado,
viendo la resolución de Almagro y lo inevitable de la lucha, sin una
predisposición a la paz, optó por dar el primer paso para ésta enviando al
Licenciado Caldera y a Luis Moscoso. Estos sólo consiguieron que se les
permitiese el alojamiento a poca distancia de Riobamba. Esto le sirvió a
Almagro para, con un ardid, aparentar tener más tropa de la que en realidad había
y terminar de decantar a su favor las aspiraciones de paz entre españoles.
El
único problema era sacar a Alvarado dignamente de la situación, dada su
condición de Adelantado Real y organizador de la expedición. Para ello el
Licenciado Caldera y Fray Marcos de Niza fraguaron un plan de paz honroso para
ambos contendientes. Tendrían una conferencia en la que arreglasen sus
rencillas, haciendo que éstas pareciesen no cosa personal sino distintos puntos
de vista sobre cómo hacer el mejor servicio al Rey. Paralelamente, y en días
posteriores, se trató sobre una compensación económica a Alvarado por los
gastos ocasionados en el apoyo a los actos de conquista. Esta quedó fijada en
cien mil pesos oro por los buques y otros implementos que deberían quedar a
beneficio de Pizarro, regresando el Adelantado con aquella tropa que quisiese a
Guatemala, mientras que los que quedasen, con su rango, entrarían a formar
parte del ejército de Pizarro y Almagro.
EL
FIN DEL
MUNDO INDÍGENA. Almagro,
pese a haber solventado los problemas con Alvarado, tenía prisa por acelerar la
marcha de éste, por lo que necesitaba partir hasta donde se encontraba Pizarro
a fin de realizar el pago acordado. Sin embargo, y dentro de la política de
control que había empezado a desarrollar, procedió previamente a la fundación
de una nueva población hispana, San Francisco de Quito, localizada «en el
sitio e asiento donde está el pueblo que en lengua de los indios aora se llama
Quito», llevándose a cabo ésta, con cierta solemnidad, el 28 de agosto de
1534 por parte de Diego de Almagro en nombre del gobernador Francisco Pizarro.
Creó
el cabildo que había de regir los destinos de la proyectada población,
nombrando Alcaldes al Capitán Juan de Ampudia y a Diego de Tapia, y Regidores a
Pedro de Puelles, Juan de Padilla, Rodrigo Núñez, Pedro de Añasco, Alonso
Hernández, Diego Martín de Utra, Juan de Espinoza y Melchor de Valdez.
Asimismo resolvió dejar en Quito a Belalcázar con un total aproximado de
cuatrocientos cincuenta hombres, confirmándole en su cargo de Teniente de
Gobernador, por mandato de Pizarro, con plenos poderes para pacificar todas las
tierras de la banda equinoccial en nombre de Su Majestad.
Definitivamente
Almagro y Alvarado se pusieron en camino hacia Pachacamac, donde se encontraba
Pizarro. Habiendo llegado a un punto en el que con el tiempo se fundaría la
ciudad de Cuenca, recibieron noticias de que Quizquiz, con un ejército de entre
doce y quince mil hombres, marchaba hacia Quito, llevando una vanguardia de unos
dos mil hombres al mando de Sota-Urco, un cuerpo central de ejército, el más
numeroso, y una retaguardia compacta a unas tres leguas de distancia. De hecho,
según las crónicas, este ejército así dividido ocupaba un espacio como de
quince leguas. Asimismo, Quizquiz traía consigo muchas cargas de oro y
vituallas, así como un gran número de gentes a su servicio.
En
Chaparra los españoles se encontraron a la vanguardia de este ejército, que
pudo ser vencido con cierta facilidad debido a la habilidad guerrera de
Alvarado. El propio Sota-Urco fue hecho prisionero, sabiendo gracias a él los
planes de campaña de su superior, así como su localización. Para dar con él
y cogerlo por sorpresa debían ir muy rápidos y «caminar mucho y en camino tan
pedregoso» que tuvieron que parar a herrar los caballos.
Finalmente,
al día siguiente por la mañana descubrieron el campamento de Quizquiz, pero éste
no quiso presentar batalla, de modo que partió el cuerpo central del ejército
en dos grupos, uno a su mando y el otro controlado por Huayna-Palcón, también
hermano de Atahuallpa, quien se dirigió a lo más agreste de la Sierra,
mientras que Quizquiz tomaba la dirección opuesta.
La
gente de Almagro cercó a la de Huayna-Palcón, aunque éstos se encontraban en
una situación privilegiada, ya que se protegían por unos riscos en lo alto de
una pendiente, desde la que tiraban rodando piedras de gran tamaño. En la noche
los indios burlaron el control español, yendo a reunirse con Quizquiz.
Los
españoles continuaron camino, topando con la retaguardia del ejército de
Quizquiz, que les opusieron una gran resistencia a las orillas de un río,
aunque poco a poco fueron controlando la situación pudiendo continuar viaje
hasta la localización de Pizarro.
Belalcázar,
mientras tanto, con trescientos hombres armados del grupo dejado con él por
Almagro, iniciaba una nueva campaña con el fin de redondear la conquista de los
nuevos territorios. Es el mes de septiembre de 1534.
Cuando
todavía estaba en Riobamba recibió una embajada de un Cacique llamado Chamba,
que se le rendía voluntariamente junto con todos los indios de su comarca,
prometiendo cuidar de un grupo de españoles que habían llegado enfermos al
territorio, y partiendo él mismo con un numeroso grupo para engrosar los ejércitos
de los castellanos. Sin embargo, una mañana se percataron de que sus tiendas
estaban vacías, habiendo huido por la noche. Belalcázar mandó a Juan de
Ampudia con ocho de a caballo al pueblo de éstos, donde habían quedado los
españoles enfermos. Al llegar allí los encontraron arrodillados en la plaza
esperando una muerte segura. La partida española cargó contra los indígenas
con gran fiereza, capturando gran cantidad de indios entre los que se contaba el
Cacique. Ampudia, haciendo gala de una especial saña, los mandó quemar vivos.
Rumiñahui,
por su parte, se encontraba en la comarca de Píllaro, hacia un lado del camino
real, donde en una zona rocosa se había hecho fuerte. Belalcázar, con buen
tino, determinó sitiar a los indios, ya que no quería dejar enemigos poderosos
a sus espaldas. El mismo dirigió el sitio con gran parte de los soldados,
mientras que otra parte, bajo el mando de Ampudia, iba
a combatir a Zopozopangui, que se había hecho fuerte cerca de Latacunga.
Aquí los españoles sufrieron bastante antes de conseguir reducir a los indios
al tener que escalar la peña de noche para poder sorprenderlos. Zopozopangui
huyó, pero pocos días después cayó en manos de Ampudia. Aunque rechazó en
un principio la invitación de paz de los españoles aduciendo lo fácilmente
que éstos la incumplían, poco después se presentó, junto con Quingalumba y
otros caciques a quienes la defensa de sus territorios se les antojaba
imposible.
Viendo
Belalcázar la imposibilidad de hacerles bajar por la acción de las armas se
decidió a atacar. Los dardos de los indios hacían poca mella en las corazas,
pero las certeras piedras lanzadas con honda hirieron a bastantes españoles,
algunos de consideración. Se había puesto el sol cuando Belalcázar con sus
soldados iniciaron la ascensión de la roca y los indios, ayudados por la
oscuridad de la noche, huyeron de ella tomando el camino hacia el Oriente. Al día
siguiente continuaron la persecución de los fugitivos rastreando el camino por
el que habían huido.
Estando
en Píllaro mandó una compañía de a caballo rápidamente a Quito, bajo las órdenes
de Diego de Tapia, para que pasara luego a las provincias del Quinche y de Pifo,
donde intentaba fortificarse nuevamente Rumiñahui. La oportuna llegada de esta
avanzadilla de ejército estorbó los planes de aquél, manteniendo tranquilos
estos territorios.
El
desánimo fue apoderándose de los indígenas, propiciando la labor de los
conquistadores. De hecho, poco después el propio Rumiñahui fue hecho
prisionero. Un soldado de a pie, Miguel de la Chica, lo encontró casualmente en
una choza donde se había ocultado. Por los adornos de su vestido y su figura
reconoció en él a un cacique y trató de hacerlo prisionero para hacerse valer
ante Belalcázar. Como Rumiñahui se defendía con bravura acudió otro soldado
de caballería, apellidado Valle, pudiendo entre los dos reducir a éste gran
guerrero.
Quizquiz,
mientras tanto, habiendo recibido la noticia de la captura de Rumiñahui y los
tratos de paz de otros grandes señores, estaba indeciso, ya que mientras él
quería retroceder para recuperar las fuerzas y reclutar más guerreros para
enfrentarse a los blancos, otros muchos hablaban ya de rendición.
Al
ánimo de Quizquiz le pareció indigno este modo de pensar y reprendió a sus
compañeros, tachándoles de viles y cobardes. Airado Huayna-Palcón hirió a
Quizquiz con una lanzada en el pecho y al momento otros señores indios, con
porras y mazas, se abalanzaron sobre él colaborando en su asesinato. De esta
manera acabó uno de los más esforzados generales de las huestes de Atahuallpa.
En
el corto espacio de algunos meses el territorio que en las crónicas se conoció
como el Reino de Quito había caído en manos de los españoles, siendo
pacificado.
El
día 6 de diciembre de 1534 Belalcázar entra nuevamente en Quito, esta vez ya
como San Francisco de Quito, reuniendo al Cabildo y declarándolo instalado y en
funcionamiento, haciendo inscribir ese mismo día a doscientos cuatro españoles
que fueron los primeros pobladores de la ciudad. A continuación se llevó a
cabo la distribución de solares entre los nuevos vecinos, eligiendo por término
de medida ciento sesenta pasos para cada vecino, y asignando una cuadra para
cada dos vecinos.
Finalmente,
a mediados del año 1535, tras más de seis meses de cárcel y tortura,
intentando inútilmente hacerle confesar dónde había escondido el «fabuloso»
tesoro de Quito (¿llegaría a existir?), Rumiñahui es asesinado por los españoles.
EXPEDICIONES
A LA
AMAZONIA. Tras la conquista de los territorios del antiguo reino de
Quito, las leyendas sobre El Dorado y Canelos cobraron nueva importancia.
Resurgió el afán de descubrir nuevas tierras y conseguir un rápido
enriquecimiento.
El
Oriente de los nuevos territorios es uno de los focos de atención en estos
momentos, pues se pensaba que estas tierras míticas se encontraban en esa zona
de lo que conocemos como la selva amazónica. De hecho, el propio Atahuallpa
durante su cautiverio en Cajamarca dio a conocer a los españoles el «Ishpingo»,
que es la flor de un árbol de la misma familia de los canelos de Sri Lanka, en
Asia. Este árbol crece en las selvas del Oriente y su corteza da un producto
aromático bastante parecido a la canela asiática.
Para
comprender el interés de los españoles por la canela, debemos recordar que, al
iniciarse la era moderna, las plantas que producían las llamadas especias
(pimienta, clavo, orégano, canela, entre otras) eran muy apreciadas en el Viejo
Mundo ya que se les atribuían propiedades extraordinariamente beneficiosas para
los seres humanos.
La
primera expedición a la zona oriental la realizó el capitán Gonzalo Díaz de
Pineda, en el 1539. Penetró por Baños en busca del país de la canela,
llegando hasta Sumaco, donde hallará la riqueza morena y odorante del ishpingo,
fundando también la ciudad de Sevilla del Oro. Pese a esto, los resultados de
la expedición de Díaz de Pineda no tuvieron mayor trascendencia desde el punto
de vista del encuentro de bosques de canelo o de grandes cantidades de oro, pero
se obtuvo el primer conocimiento geográfico de este territorio hasta entonces
inexplorado.
Francisco
Pizarro nombró como Gobernador de Quito a su hermano Gonzalo, tomando éste
posesión del cargo el 10 de diciembre de 1540 ante el cabildo de la ciudad de
San Francisco. De inmediato comenzó los preparativos de una gran expedición en
busca de aquellos lugares ricos y fabulosos, situados según creía en la
provincia de los Quijos, como se denominaba a la región situada al Este de
Quito, al otro lado de la Cordillera Central. Estaba compuesta por
340 soldados, 4.000 indígenas, 150 caballos, un rebaño de llamas, 4.000
cerdos, 900 perros e innumerables provisiones, saliendo la expedición en los
primeros días de marzo de 1541.
Al
iniciarse la ascensión de la Cordillera Oriental (la que hoy llamamos Ramal
Central), el frío y las copiosas nevadas, junto con el ataque de indios
hostiles y el padecer un terremoto, dieron cuenta de un buen número de indios,
así como de la salud de varios españoles. Su situación mejoró tras haber
traspasado la cordillera, llegando a la primera población de los quijos, al pie
del volcán Zumaco. En esta zona, junto al río Coca, se sumó a ellos Francisco
de Orellana, llamado de su cargo de Gobernador de Guayaquil para ser
lugarteniente de Gonzalo Pizarro en esta empresa. Francisco de Orellana había
nacido, como los Pizarro, en la ciudad de Trujillo (España). Era un hombre de
extraordinario valor y una cierta cultura, lo que le diferenciaba grandemente de
buena parte de los conquistadores españoles.
En
Zumaco tuvieron que asentarse para esperar que pasase la estación de las
lluvias, alimentándose de raíces, bayas, hierbas, ranas y serpientes.
Terminadas éstas continuaron su ruta entre constantes paisajes de tupidos
bosques, con el ánimo decaído y el cuerpo extenuado. Al llegar a un sitio
llamado Guema resolvieron construir una pequeña embarcación para seguir su
viaje por el río, lo que les costó gran trabajo. En este «barquichuelo» como
ellos lo designan, embarcaron a los enfermos junto con todo lo que les
dificultaba la marcha, avanzando un grupo por la orilla, mientras los otros
navegaban por las aguas del Coca.
Unos
indios con los que toparon les hablaron de una ciudad deshabitada, rica en
provisiones de oro, a sólo diez días de camino, en la confluencia de los ríos
Coca y Napo. En la balsa construida enviaron a 50 soldados al mando de Orellana
con el propósito de que buscara la ciudad y volviera rápidamente con víveres,
era el 26 de diciembre de 1541. Para entonces la situación era desesperada,
unos 2.000 indios y decenas de españoles habían muerto ya de hambre. Dos meses
después, sin noticias del grupo de Orellana, Gonzalo Pizarro llega al punto
indicado por los indios, pero allí no hay ninguna ciudad; los indios había
mentido para salvar su vida. La situación era tan desesperada que llegaron a
alimentarse de las suelas de sus botas y de las correas y arzones de las sillas
de montar, después de hacerlas hervir durante largas horas. A principios del
mes de junio de 1542 los supervivientes entraron en Quito «descalzos y desnudos»;
para ellos la expedición había acabado. Habían muerto más de un centenar de
españoles, y de los 4.000 indios no quedaban más que un centenar.
Orellana,
por su parte, a los cuatro días de su separación de Gonzalo Pizarro llega
hasta el Napo, del que son afluentes el Co-ca y el Aguarico. Días después,
habiendo hecho acopio de víveres, se plantea el regreso, pero ¿era ya éste
posible? Orellana apuntaba, según los cronistas, que navegando contra corriente
tardarían mucho tiempo en regresar al punto donde dejaron a sus compañeros,
pero que de todos modos había que intentarlo. Sin embargo, terminó por dejarse
convencer por sus compañeros poniendo rumbo al Este, quizás la única
posibilidad de salvación, y posiblemente, dada su escasa resistencia, también
su mayor deseo.
Decidieron
construir otra nave a fin de afrontar mejor esta nueva aventura por tierras inhóspitas.
Pensemos en las dificultades que hoy se crean al entrar en estas regiones sin un
equipo adecuado y pongámonos ahora en su caso, cargados de armaduras, cascos,
petos y escudos de hierro, soportando la constante humedad y el calor de la
manigua, comidos por los mosquitos y las enfermedades, e improvisando labores de
carpintería naval, fundido, tejido, etc.
Con
las dos embarcaciones siguieron río abajo, a la deriva, sin saber nunca qué
les esperaba a la vuelta de cada recodo. A medida que avanzaban erigían toscas
cruces de madera, dando a entender que tomaban para sí, y en nombre del Rey,
estas tierras recién descubiertas, tropezando en su ruta con numerosas tribus
indígenas. Algunas les dieron alimentos (principalmente pavos, tortugas,
papagayos y frutos), así como adornos de oro y plata; otras, por el contrario,
les atacaban con flechas envenenadas, tan mortíferas, por pequeña que fuese la
herida, que sólo podían, rápidamente tras ser heridos, cauterizarla con un
hierro al rojo vivo o cortando un trozo de la carne allí donde se había
producido el contacto, aunque muchas veces los españoles morían entre
espantosas convulsiones. En una ocasión, unos 10.000 indios acosaron, desde la
orilla y en canoas, a los españoles, pero los arcabuces lograron hacerles huir
asustados.
Con
frecuencia habían oído relatos acerca de una tribu de «amazonas» que vivían
en casas doradas, que toda su vajilla era
de oro, que se amputaban el seno derecho para poder disparar mejor sus arcos y
que no admitían en sus dominios, sino en las fechas destinadas a la procreación,
a los varones de las tribus vecinas. De hecho, los españoles a su regreso
relataron que cerca de Obidos se habían visto atacados por Amazonas, «muy
altas, robustas, rubias, con largas cabelleras recogidas en trenza, con las
caderas cubiertas de pieles, y con arcos y flechas en sus manos». El ambiente
espectacular de los caudalosos ríos, los árboles y animales desconocidos, el
amenazante verdor de los bosques que llegaban hasta las mismas orillas de los
cauces propiciaron este tipo de fantasías, sin ninguna base de realidad. A este
relato deben su nombre el gran río sudamericano y la jungla adyacente.
Sobre
el otro nombre, el de Marañón, hay dos hipótesis: una dice que éste se debe
a una fruta que abunda en sus riberas; la otra afirma que se debe a la admiración
que causó su anchura en un navegante portugués, que le hizo exclamar en su
idioma natal «¿Mare o nom?», pero esta versión parece, como tantas otras
referencias al inmenso río, de carácter puramente legendario.
Orellana
continuaba navegando por el Napo hasta que, en la mañana del 11 de febrero de
1542, desemboca en otro gran río, el Amazonas o Marañón, una de las vías acuáticas
más largas del mundo, pues mide, desde su nacimiento en el Pongo de Manseriche
hasta su desembocadura en el Atlántico, por el delta formado por la isla de
Marajó, 6.275 km, siendo sólo superado por el Nilo, en Africa, con 6.450 km.
Más
de ocho meses tardaron en navegar por el Amazonas, llegando a su desembocadura,
tras notar durante algunos días señales de mareas, el 24 de agosto de 1542.
Tras salir al Atlántico arrastrados por la poderosa corriente del río que
endulza las aguas del mar varios km más allá de su desembocadura, las dos
embarcaciones, más una tercera que habían construido poco tiempo antes, ponían
rumbo al Noroeste hasta llegar, después de mil peripecias, a la isla de
Cubagua, frente a las costas de Venezuela, arribando a la ciudad de Nueva Cádiz,
poblada de españoles.
El
22 de noviembre de 1542 Orellana ya estaba en España donde trató, de
inmediato, de hablar con el Emperador. Este escuchó sus demandas y le concedió
el título de Adelantado en lo que descubriese, y el de Gobernador, para él y
un heredero sucesor, pero no le asignó, como ayuda a la nueva expedición,
dinero alguno. Pidiendo gran cantidad de préstamos logró financiar su empresa,
pudiendo salir de España, rumbo al Amazonas, el 11 de mayo de 1545.
Hay
pocos datos sobre la etapa final de su vida. Sólo sabemos que llegó a la boca
del Amazonas el 20 de diciembre de 1545 con suerte adversa en todos los
sentidos, pues debió soportar grandes tempestades, unas fuertes epidemias y
ataques de los indios. Aquejado de fiebres malignas, murió en diciembre de
1546. Nadie sabe dónde fue enterrado. La inmensa selva se tragó su secreto
para siempre.
Su
hazaña despierta gran admiración, y su nombre, desde entonces, se relaciona
con dos grandes hitos de la historia ecuatoriana, la fundación de Santiago de
Guayaquil y el descubrimiento del río Amazonas.
Mientras
la expedición amazónica sufría los rigores de la selva, almagristas y
pizarristas se enfrentaban en lucha fratricida. Vencido en la Guerra de las
Salinas, Almagro perece a garrote en la prisión. Hernando Pizarro va a la Península
y allí le atrapa la justicia y le encarcela. Un hijo de Almagro venga la muerte
de su padre en la persona de Francisco Pizarro, valiéndose de una veintena de
los hombres traídos por Alvarado. A Belalcázar le sentencia la justicia a la
pena capital aunque, ya mayor, muere antes de que ésta se cumpla. Alvarado
muere en Guatemala en un accidente de equitación. Así acaban
los principales protagonistas del descubrimiento y conquista de las hoy
tierras del Ecuador. Gonzalo Pizarro, recién regresado de la expedición amazónica,
horrorizado ante el cisma de los españoles, se retira a Charcas, de donde los
encomenderos y una comisión del Cabildo de Quito le sacan, en 1544, para que
encabece una revolución a favor de la autonomía, que tiene lugar en Quito,
contra las violentas disposiciones del Emperador Carlos. Frailes, soldados y
vecinos respaldan al caudillo en su lucha, quien se aparta de la monarquía
asumiendo poderes absolutos desde el momento que, en Iñaquito, triunfa sobre el
ejército realista y la cabeza del Virrey, Blasco Núñez de Vela, es paseada
por las calles y plazas del pueblo. Es lo que conocemos como revolución de «Los
Encomenderos», y que tiene su fin, con el suplicio de los cabecillas, el 10 de
abril de 1548, bajo el «pacificador» Pedro La Gasca.
LAS
PRIMERAS FUNDACIONES
DE CIUDADES. Muchas de las
ciudades del territorio ecuatoriano fundadas por los españoles se hicieron
sobre antiguos asentamientos prehispánicos, como es el caso de Quito, Manta y
Tomebamba (Cuenca), centros urbanos importantes, sobre cuyas ruinas se
levantaron ciudades españolas conservando, en ocasiones, el nombre indígena,
precedido del de un Santo católico.
Ya
hemos hablado de la fundación de Quito, de la creación de sus órganos de
gestión, de la distribución de solares y parcelas, así como del primer
planteamiento urbanístico, obra de Sebastián de Belalcázar.
Tras
estas labores los españoles construyeron el primer «templo de la cristiandad
en estos territorios», una rústica capilla, conservada hasta hoy con las
restauraciones a las que el tiempo obligó, que recibió el nombre de la Vera
Cruz, y que hoy se conoce con el nombre de El Belén. Entre los españoles había
dos sacerdotes, por lo que las actividades de culto cristiano pudieron comenzar
inmediatamente.
El
convento de San Francisco de Quito, el mayor existente en todo el continente
americano y gran obra de la arquitectura religiosa española, comenzó a ser
construido el 25 de enero de 1535, poco tiempo después de conformarse
definitivamente la fundación y organización de la nueva ciudad.
Mucho
se ha discutido sobre el motivo por el cual se fundó Quito en el lugar donde se
hizo, en una zona particularmente accidentada, con grandes y profundas quebradas
que la rodean, llegándose a la conclusión de que los conquistadores, entre los
que debió tener un importante papel Belalcázar, calcularon las ventajas estratégicas
que tenía el terreno escogido en el hipotético caso de un ataque indígena.
La
fundación de Guayaquil es una de las más complejas, con una verdadera maraña
de informaciones contradictorias e imprecisas. Nosotros vamos a plantear únicamente,
de una manera simplificada, aquellos datos de los que hay una completa
seguridad.
La
primera fundación la llevó a cabo Sebastián de Belalcázar en un lugar,
impreciso de determinar, entre las provincias de Los Ríos y Guayas. La segunda,
también con una discutible e indeterminada ubicación, se debe al capitán
Hernando de Zaera, en 1536.
La
tercera fundación se debe a Francisco de Orellana, verificándose ésta el 25
de julio de 1538, siendo esta fecha una de las más controvertidas al aparecer
también la de 1537 en los documentos al efecto, aunque la primera aparece como
la más probable.
La
cuarta, y definitiva fundación, es realizada por el conquistador Diego de
Urbina, quien en su informe al Rey de España, fechado en Guayaquil el 10 de
mayo de 1543, apunta que ante el asedio indígena, que duró unos seis meses,
trasladó la ciudad de Santiago aguas abajo hasta la provincia de los
Huancavilcas. Desgraciadamente Urbina no da la fecha del traslado, de modo que
surge la duda de si la refundación se produce en los primeros meses de 1543 o a
finales de 1542.
De
todos modos, los habitantes de Guayaquil siguen contando, cuando se trata de la
edad de su ciudad, a partir del 25 de julio de 1538, cuando la refunda Orellana,
día de la festividad de Santiago Apóstol.
El
origen de San Gregorio de Portoviejo se relaciona con el capitán Francisco
Pacheco, quien cumplía órdenes de Almagro. El lugar escogido para la primera
fundación quedaba más o menos a dos leguas de la población de Montecristi, en
el lugar que hoy se llama Higuerón, verificándose ésta el 12 de marzo de
1535.
En
1541, debido a un incendio que destruyó casi totalmente la ciudad, fue
reconstruida en el lugar que ocupa actualmente, seis leguas hacia el interior de
su primera fundación (recordemos que una legua española equivale a 5.572 m + 7
dm). Sin embargo, en 1538 López de Atienza, vicario de Quito, cita que hasta
ese momento la ciudad de Portoviejo había tenido hasta ese momento tres
fundaciones tras sendos fuegos, por lo que probablemente el número de
fundaciones de la ciudad haya sido de cuatro.
Loja
fue fundada, en el antiguo territorio ocupado por los Paltas, por el capitán
Alonso de Mercadillo, en el año 1548, cumpliendo órdenes del entonces
Gobernador de Quito Gonzalo Pizarro. Parece ser que esta fundación es
definitiva, aunque hay datos que apuntan a la existencia de un primer
asentamiento, de escasa duración e importancia.
Santa
Ana de los Ríos de Cuenca fue fundada por el capitán Gil Ramírez Dávalos, el
12 de abril de 1557, cumpliendo órdenes de Don Andrés Hurtado de Mendoza,
Marqués de Cañete y Virrey del Perú en aquel entonces. El sitio es- cogido fue el ocupado por la Tomebamba indígena, la antigua
capital de los Cañaris.
Podríamos
considerar como la primera fundación de Riobamba la verificada por los
capitanes españoles Diego de Almagro y Sebastián de Belalcázar, el 15 de
agosto de 1534, en la población de Riobamba, aunque se la hiciera con el nombre
de Santiago de Quito. Más tarde se transformó en Villa del Villar Don Pardo
(1581) y, finalmente, en la ciudad de Riobamba, conocida a partir de 1797 como
antigua Riobamba tras ser destruida por un terremoto, lo que forzó su traslado,
en 1799, al lugar que hoy ocupa. En el sitio en que se levanta la antigua
Riobamba existen ahora dos poblaciones: Cajabamba y Sicalpa, que realmente
forman una sola, la llamada Villa de la Unión.
La
antigua Riobamba antes de su destrucción en 1797 fue una ciudad de gran
importancia, con más de 20.000 habitantes, templos notables de bella
arquitectura y edificios iguales a los del Quito Colonial. Aún se ven en
ciertos sectores de Caja-bamba y Sicalpa las ruinas de la antigua ciudad, una
parte de la cual yace sepultada bajo el inmenso desprendimiento de tierra caída
desde un cerro vecino.
La
fundación de Ambato o, mejor dicho, la ocupación española del pueblo indígena,
podemos datarla entre 1534 y 1536. Esta población fue creciendo y adquirió en
pocos años la categoría de ciudad gracias, sobre todo, a la intervención del
Obispo Solís (1596) que potenció el progreso de la misma. La Villa de San
Miguel de Ibarra fue fundada el 28 de septiembre de 1606 por el capitán Cristóbal
de Troya, cumpliendo lo dispuesto por el Licenciado Miguel de Ibarra, Presidente
de la Real Audiencia de Quito. Fue ésta la última fundación de importacia
realizada por los conquistadores españoles en el Ecuador.
Otras
capitales provinciales, como Esmeraldas, Babahoyo, Machala, Guaranda o
Latacunga, adquirieron su rango de ciudad durante la República, al dividirse en
nuevas provincias el territorio nacional. Todas ellas presentan un rasgo común,
una población indígena importante en el mismo lugar o en parajes cercanos a su
localización, utilizado por los españoles a la hora de su establecimiento.




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